
El hermano Ken Green ha tocado con bastante claridad el tema (recientemente en su artículo vía Facebook, 8 de Febrero de 2018) que lo verdaderamente decisivo y trascendental no son las exhibiciones de poder, sabiduría u otras habilidades que algún Cristiano pudiera tener, sino la calidad de su corazón y los verdaderos motivos por los que hace esto o aquello en su vida y servicio.
Ante uno quien no juzgó según las apariencias (cf. Mat.22:16; Jn.7:24) es inútil intentar encubrir motivos insinceros o mezquinos. A los Corintios conducidos notoriamente todavía por las obras de la carne tales como los celos, las contiendas, y las disensiones (1 Cor.3:3-7) Pablo los desafío con estas preguntas: ” Porque ¿quién te distingue? ¿o que tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por que te glorias [“jactas”– LBLA] como si no lo hubieras recibido?” (1 Cor.4:7).
El apóstol hace ademas una advertencia que a la venida del Señor la obra de cada uno quedara al descubierta “Así que, no juzguéis nada antes del tiempo, hasta que venga el Señor, el cual aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones [“los propósitos”–VM] de los corazones; y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios” (4:5).
De manera que verdaderamente imprescindible determinar desde ahora en nuestro propio corazón ser absolutamente sinceros en nuestro servicio que le rendimos a Dios, aprovechando todos los talentos que El nos ha dado para trabajarlos para Su honra y gloria. Es sin duda parte de la madurez espiritual a la que debiéramos aspirar en la vida de cada uno. Tal como el apóstol la recomendó al joven siervo Timoteo al escribirle, “Pues el propósito de este mandamiento es el amor nacido de corazón limpio, y de buena conciencia, y de fe no fingida” (1 Tim.1:5)
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