
Sin duda una de las grandes preguntas que los Cristianos podemos hacernos de cara a la Eternidad a la venida de nuestro Señor. Quizás más claramente establecido está el hecho que habrá grados de castigos sobre los incrédulos y pecadores que obstinadamente rechazaron la bondad e invitación de Dios a pesar de abundantes pruebas de misericordia, amor y enseñanza.
Nuestro Señor mismo indicó que si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que han sido hechos en vosotros, tiempo ha que se hubieran arrepentido en cilicio y en ceniza. Por tanto, os digo que en el día del juicio, será más tolerable el castigo para Tiro y para Sidón, que para vosotras” (Mat.11:21-22). La misma advertencia fue hecha para Caperaum (vv.23-24).
Sobre las recompensas de los justos podemos recordar que nuestro Señor prometió un mayor galardón para Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos (Mat.8:11-12). Aunque no sabemos con exactitud en que consistirán su recompensa, es razonable y esperado que Dios en su soberana voluntad les otorgue a los grandes gigantes espirituales que obraron un mayor propósito en Sus manos sobre la tierra en edades pasadas.
Lo mismo podemos decir de los mártires como Esteban (Hech.7:59). Jacobo (Hech.12:2) y aquellos que fueron sacrificados por desobedecer al edito de Domiciano a finales del primer siglo en Asia Menor (Apoc.6:9-11).
Aunque Pablo habló de una recompensa común que espera a todos los que aman la Venida del Señor (2 Tim.4:8) nos regocijamos en la anticipada dicha eterna que espera a todos los Cristianos que han sido fieles hasta el final.
Una de las muchas descripciones que se anticipa es este: “Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comprables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse” (Rom.8:17).
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